¿Una playa rosa? ¿Una playa que brilla en la oscuridad? ¿Una playa hecha enteramente de conchas, sin un solo grano de arena? El mundo tiene rincones de costa que parecen sacados de un montaje con Photoshop y, sin embargo, existen tal cual, sin filtros ni trucos de edición. He estado buscando durante semanas las playas más raras del planeta y, la verdad, algunas me han dejado con la boca abierta.
Aquí van las que más me han sorprendido, ordenadas más o menos por nivel de «esto no puede ser real».
Horseshoe Bay, Bermudas: la playa que parece pintada de rosa
El color rosado de esta playa (y de varias más en la isla, como Elbow Beach) no es un efecto óptico del atardecer: viene de los restos de un microorganismo microscópico, el foraminífero, que se mezcla con la arena de coral blanca y le da ese tono chicle tan característico. Cuanto más de cerca miras la arena, más rosa parece.
Lo curioso es que el color varía según la hora del día y la humedad de la arena: mojada se ve casi fucsia, seca se queda en un rosa pálido casi imperceptible. Si vas, hazlo a media mañana con la marea baja, que es cuando el contraste se nota más.
Vaadhoo, Maldivas: el mar que se enciende por la noche
De día, Vaadhoo es una playa maldiva más, bonita pero sin nada que la distinga especialmente. De noche es otra historia: el oleaje se llena de puntos de luz azul eléctrico, como si hubieran vertido purpurina fosforescente en el agua. El fenómeno se llama bioluminiscencia y lo producen un tipo de plancton (dinoflagelados) que emite luz cuando se agita, ya sea por las olas o por tus propios pies al caminar por la orilla.
No es exclusivo de Maldivas —Mosquito Bay en Vieques, Puerto Rico, tiene una de las bahías bioluminiscentes más intensas del mundo—, pero en Vaadhoo el espectáculo coincide además con noches sin apenas contaminación lumínica, así que el efecto se ve muchísimo mejor que en zonas más urbanizadas.

Reynisfjara, Islandia: playa negra, columnas de basalto y olas que matan
Esta es probablemente la playa más fotogénica —y más peligrosa— de Islandia. La arena es negra como el carbón por el origen volcánico de la isla, y se combina con formaciones de basalto en forma de columnas hexagonales perfectas, como si un gigante las hubiera tallado con regla y escuadra.
El aviso serio: aquí no se puede meter ni un pie en el agua. Las llamadas «sneaker waves» son olas gigantes e imprevisibles que han arrastrado a varios turistas al mar en los últimos años, así que la recomendación oficial —y la mía— es admirarla desde bastante más atrás de lo que el instinto fotográfico te pide.
En España también tenemos arena volcánica negra, sobre todo en Tenerife y Lanzarote, aunque ahí el mar es bastante más manejable y hasta puedes hacer snorkel sin sobresaltos en calas cercanas.
Shell Beach, Australia: kilómetros de playa hecha solo de conchas
En la bahía Shark Bay, al oeste de Australia, hay una playa de 60 kilómetros formada al cien por cien por diminutas conchas blancas de una especie de almeja (Fragum erugatum) que se ha reproducido ahí durante miles de años sin apenas depredadores, gracias a la altísima salinidad del agua. El resultado: capas de conchas de hasta 10 metros de profundidad en algunos puntos.
Caminar descalzo es un poco crujiente —nada que ver con la sensación de la arena normal— y el agua, por la salinidad, es tan densa que flotas casi sin esfuerzo, algo parecido a lo que pasa en el Mar Muerto pero en clave australiana.
Hot Water Beach, Nueva Zelanda: cava tu propio jacuzzi en la arena
Esta sí que es de las que se disfrutan de verdad, no solo de las que se fotografían. En Coromandel, Nueva Zelanda, hay un tramo de playa donde el agua geotermal sube desde el subsuelo a través de la arena. Solo tienes que llevarte una pala (se alquilan ahí mismo), cavar un hoyo cerca de la orilla y esperar a que se llene de agua caliente, entre 40 y 60 grados según el punto.
El truco está en cavarlo en el momento justo, dos horas antes y dos después de la marea baja, porque si no el mar se lo lleva por delante. Y ojo, que el agua sale que quema de verdad en algunas zonas —yo me quemé literalmente la planta del pie la primera vez que probé sin mezclar bien con agua de mar.
Boulders Beach, Sudáfrica: la playa de los pingüinos
Cerca de Ciudad del Cabo hay una playa protegida por grandes rocas de granito redondeadas (de ahí el nombre) donde vive una colonia de más de 2.000 pingüinos africanos. Sí, pingüinos en una playa con aguas relativamente cálidas, algo que rompe todos los esquemas mentales de «pingüino igual a hielo».
Se puede nadar junto a ellos en algunas zonas habilitadas, aunque lo más habitual es verlos desde las pasarelas de madera sin molestarlos. Son animales protegidos y en peligro de extinción, así que la distancia mínima no es un capricho burocrático, es lo único que les está permitiendo sobrevivir.

Chandipur, India: la playa donde el mar desaparece cada día
En el estado de Odisha, la marea de Chandipur se retira hasta 5 kilómetros mar adentro dos veces al día, dejando al descubierto un paisaje llano y húmedo que se puede recorrer a pie o en bicicleta hasta donde antes rompían las olas. Unas horas después, el agua vuelve exactamente por donde se fue.
Es de esos fenómenos que cuesta creer hasta que lo ves con tus propios ojos: estás caminando sobre lo que hace nada era fondo marino, y sabes que en unas horas volverá a estar completamente cubierto.
Lo que tienen en común todas estas rarezas
Casi todas comparten una explicación geológica o biológica muy concreta —volcanes, plancton, mareas extremas, microorganismos— que demuestra que no hace falta viajar a otro planeta para encontrar paisajes que parecen de ciencia ficción. Basta con que la naturaleza lleve haciendo lo suyo durante miles de años sin que nadie la moleste demasiado.
Si me preguntas cuál añadiría a mi lista de pendientes con los ojos cerrados, me quedo con Hot Water Beach: cualquier playa donde te puedas hacer tu propio spa con una pala se merece un hueco en la maleta.














